DESAFIANDO LA OSCURIDAD ANCESTRAL
INCURSIÓN ESCABROSA.
Preámbulo:
Inculcar dogmas religiosos crea fanatismo y auto inhibe el cuestionamiento. La carga del pecado manipula la conciencia, alimentando la sumisión y la autoestima baja
Los siete pecados capitales
Enfrentarse a doctrinas y dogmas religiosos impuestos es una tarea harto difícil, ardua y en ocasiones peligrosa. La simple mención de ideas contrarias a las creencias arraigadas puede generar agresión, fastidio y un choque emocional, sobre todo en personas fervorosas o fanáticas. Muchas veces, el rechazo sin fundamentos, la ofensa, el insulto e incluso la amenaza, son las primeras respuestas ante la disonancia, que supone el cuestionar lo que se ha aceptado como verdad absoluta desde la infancia, pues se entra en un conflicto de la creencia que se ha traído desde niño, con la imposición que ha tenido, con el adoctrinamiento al cual ha sido sometido desde su nacimiento. Ello en razón de que nunca se ha tomado la oportunidad de analizar por qué cree que eso es cierto; simplemente, lo ha aceptado desde siempre y por ello entra en conflicto o confusión.
Durante un prolongado período, ha estado eclipsada la verdad por las tinieblas de la ignorancia y el fanatismo. Estamos entrando en una nueva época, en la cual la verdad y la realidad florecerán, frente a la mentira que nos han sembrado a la fuerza en el consciente y en el subconsciente; por ello, invito a los lectores a examinar de manera crítica, aquello en lo que han creído y abrirse a nuevas perspectivas.
Un clásico ejemplo, generalizado, creído y aceptado sin objeciones por millones de seres humanos, es el hecho de que desde temprana edad nos enseñan que somos pecadores. Eso se lo imponen sin que usted lo sepa o pueda objetarlo; igualmente, cuando siendo un bebé, sin tener conciencia, lo bautizan para supuestamente quitarle el pecado con el cual nace; luego lo entrenan para asociar nuestras acciones “malas” con la idea de ser pecadores, y le enseñan que debe pagar por esa falta, y que tiene que limpiar su alma de ese pecado.
Esa enseñanza se repite constantemente y a cada paso, en el templo, en el colegio, en el hogar, en la oficina, en los medios, en los libros, lo contienen las oraciones y los cánticos; y ese entrenamiento nunca cesa, y se repite una y otra vez hasta fijarlo en la conciencia y en lo más profundo del subconsciente; y así ya está amaestrado y tiene la fe creada artificialmente, para entender y aceptar pasivamente de que usted es un pecador.
También le enseñan que el único que puede juzgarlo por eso “malo” que usted hizo, es un sacerdote católico, o sea un cura; es decir, un hombre igual a cualquier hombre, con la diferencia; sin generalizar, que usted no sabe si ese hombre “especial,” tiene una vida oscura, turbulenta e inmoral; con el alma tal vez más manchada que la de quien juzga.
Y, ¿Quién juzga a ese juzgador, manipulador del mundo del pecado, con capacidad de imponer penas, de absolver y perdonar? Nadie se plantea interrogantes, para no entrar en conflicto con su bien arraigada fe, impuesta hasta llevarlo al estado de fanatismo, y diseñada para ponerlo a implorar piedad en su nombre y en el de los demás, creándose a sí mismo un estado de conciencia de inferioridad, de sometimiento, de subyugación, haciéndole sentir que usted es un pecador, un miserable, que usted no sirve, que usted no vale y que debe sentir gran vergüenza de todo lo que hace por que está pecando.
Los siete pecados capitales
Enfrentando la Imposición Dogmática
Enfrentarse a doctrinas y dogmas religiosos impuestos es una tarea harto difícil, ardua y en ocasiones peligrosa. La simple mención de ideas contrarias a las creencias arraigadas puede generar agresión, fastidio y un choque emocional, sobre todo en personas fervorosas o fanáticas. Muchas veces, el rechazo sin fundamentos, la ofensa, el insulto e incluso la amenaza, son las primeras respuestas ante la disonancia, que supone el cuestionar lo que se ha aceptado como verdad absoluta desde la infancia, pues se entra en un conflicto de la creencia que se ha traído desde niño, con la imposición que ha tenido, con el adoctrinamiento al cual ha sido sometido desde su nacimiento. Ello en razón de que nunca se ha tomado la oportunidad de analizar por qué cree que eso es cierto; simplemente, lo ha aceptado desde siempre y por ello entra en conflicto o confusión.
La Supresión de la Verdad
Durante un prolongado período, ha estado eclipsada la verdad por las tinieblas de la ignorancia y el fanatismo. Estamos entrando en una nueva época, en la cual la verdad y la realidad florecerán, frente a la mentira que nos han sembrado a la fuerza en el consciente y en el subconsciente; por ello, invito a los lectores a examinar de manera crítica, aquello en lo que han creído y abrirse a nuevas perspectivas.
La Carga del Pecado y la Manipulación
Un clásico ejemplo, generalizado, creído y aceptado sin objeciones por millones de seres humanos, es el hecho de que desde temprana edad nos enseñan que somos pecadores. Eso se lo imponen sin que usted lo sepa o pueda objetarlo; igualmente, cuando siendo un bebé, sin tener conciencia, lo bautizan para supuestamente quitarle el pecado con el cual nace; luego lo entrenan para asociar nuestras acciones “malas” con la idea de ser pecadores, y le enseñan que debe pagar por esa falta, y que tiene que limpiar su alma de ese pecado.
Esa enseñanza se repite constantemente y a cada paso, en el templo, en el colegio, en el hogar, en la oficina, en los medios, en los libros, lo contienen las oraciones y los cánticos; y ese entrenamiento nunca cesa, y se repite una y otra vez hasta fijarlo en la conciencia y en lo más profundo del subconsciente; y así ya está amaestrado y tiene la fe creada artificialmente, para entender y aceptar pasivamente de que usted es un pecador.
También le enseñan que el único que puede juzgarlo por eso “malo” que usted hizo, es un sacerdote católico, o sea un cura; es decir, un hombre igual a cualquier hombre, con la diferencia; sin generalizar, que usted no sabe si ese hombre “especial,” tiene una vida oscura, turbulenta e inmoral; con el alma tal vez más manchada que la de quien juzga.
Y, ¿Quién juzga a ese juzgador, manipulador del mundo del pecado, con capacidad de imponer penas, de absolver y perdonar? Nadie se plantea interrogantes, para no entrar en conflicto con su bien arraigada fe, impuesta hasta llevarlo al estado de fanatismo, y diseñada para ponerlo a implorar piedad en su nombre y en el de los demás, creándose a sí mismo un estado de conciencia de inferioridad, de sometimiento, de subyugación, haciéndole sentir que usted es un pecador, un miserable, que usted no sirve, que usted no vale y que debe sentir gran vergüenza de todo lo que hace por que está pecando.

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